Uno de los días más importantes de mi vida fue, sin duda, aquel en el que mi padre se hizo socio del Círculo de Lectores. De allí vino mi primer libro, una edición adaptada para jóvenes de La isla misteriosa, de Julio Verne.


En ese libro encontré al personaje que ya siempre sería mi modelo, la clase de persona a la que siempre quise parecerme, el ingeniero Cyrus Smith, un sabio, alguien capaz de llevar la civilización a una isla desierta utilizando los conocimientos almacenados en su mente. Ese libro, leído y releído muchas veces, hizo que yo quisiera ser un científico. Con los años encontré que me satisfacía mucho más la enseñanza que la investigación, en particular la enseñanza de las Matemáticas, que son la llave que abre las puertas a los mundos de las otras ciencias.


Un día descubrí que mi mejor retrato lo había hecho en 1621 el escritor inglés Robert Burton en su libro Anatomía de la melancolía:


“arrebatado por un torbellino de ingenio”, teniendo una mente inconstante e inestable, sentí un gran deseo (incapaz de conformarme con ser superficialmente hábil en una sola cosa) de adquirir unos rudimentos de todo, “de ser alguien en los saberes generales, nadie en los particulares, no ser un esclavo de una sola ciencia o explayarse en un solo tema, como hace la mayoría, sino vagar por otros caminos, alguien que puede echar mano a todo, tener un remo en cada bote, probar de cada plato, dar un sorbo de cada taza”. Siempre he tenido este espíritu errático, aunque no con el mismo éxito; como un spaniel inquieto, que ladra a todo pájaro que ve, dejando su presa, yo he seguido todo menos lo que debía y me debo lamentar con razón y verdaderamente, “el que está en todas partes no está en ninguna”. He leído muchos libros, pero con poco éxito, a falta de un buen método; me he volcado con confusión en diversos autores en nuestras bibliotecas con pocos resultados, a falta de orden, memoria y juicio. No he viajado más que por mapas o por cartas, en los que mis pensamientos desatados han vagado libremente. No soy pobre, no soy rico; tengo poco, no necesito nada: todo mi tesoro está en la torre de Minerva”.

En mis años de profesor interino tuve que despedirme de muchos sitios. Siempre lo hacía recitándome a mí mismo unas palabras de Juan Ramón Jiménez, las mismas con las que me despido de mis alumnos y mis compañeros del IES Costa del Sol:

   … Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros

cantando;


Me marcho con el pensamiento de que, pese a algunos sinsabores, el trabajo de todos estos años ha merecido la pena, porque como dejó escrito Henry B. Adams:


"un profesor trabaja para la eternidad: nunca sabrá hasta dónde llegará su influencia"

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